Plan de trabajo

Hace años, durante el curso de 1927-1928, tuve ocasión de recorrer los pueblos de Puerto Rico y de estudiar algunos aspectos del español que en la isla se habla. Por diversos motivos, la elaboración de los datos recogidos en aquella fecha ha tenido que sufrir prolongadas interrupciones. Es posible que en algunos casos la situación actual de los hechos que aquí se mencionan no sea ya enteramente idéntica a la que entonces ofrecían.

En terreno tan conocido como el de Puerto Rico no había que esperar descubrimientos de modalidades importantes del habla local de las cuales no se tuviera noticia. Ya en la fecha indicada se habían publicado varios trabajos sobre el lenguaje puertorriqueño.

[Teófilo Marxuack, El lenguaje castellano en Puerto Rico, San Juan, 1903, enumera escuetamente como rasgos puertorriqueños hechos conocidos en el habla vulgar de todos los países de lengua española. C. Coll y Toste, “El idioma castellano de Puerto Rico”, en BHPR, 1923, VIII, 63 y sigs., trata de demostrar el carácter antiguo y castizo del lenguaje popular de la isla. Augusto Malaret, Vocabulario de Puerto Rico, San Juan, 1937, dedica un extenso prólogo a ampliar el tema comentado por Coll y Toste.]

Era sabido que en lo que se refiere al aspecto lingüístico, Puerto Rico presenta en general los mismos caracteres que distinguen a Cuba y Santo Domingo [República Dominicana] en el conjunto del español de América.


En los trabajos aludidos se informa particularmente de las peculiaridades en que el habla de las clases iletradas de Puerto Rico se aparta del español normal. No suele hacerse mención de que en este sentido existan diferencias entre las comarcas puertorriqueñas, fuera de los ligeros matices de dejos y cadencias que se observan en el lenguaje de cualquier país. En substancia, el habla popular de Puerto Rico era descrita como una unidad lingüística de caracteres uniformes. El objeto de mi trabajo consistía precisamente en examinar este punto mediante una investigación de tipo geográfico por los pueblos de la isla.

Diferencias de pronunciación, de morfología y de vocabularios existen en cualquier territorio en que las gentes de un mismo idioma hayan establecido su asiento. En todo país, al lado de las discrepancias de maneras de hablar debidas a razones de cultura, clase y situación que distinguen a unos individuos de otros, se dan divergencias lingüísticas relacionadas con las maneras y hábitos propios del habla de cada lugar. La iniciativa individual es, en efecto, el impulso básico en el desarrollo del lenguaje. No hay persona por humilde que sea que dentro de sus propios no haya ejercitado en algún momento su capacidad de invención expresiva. Desde los labios de su inventor la palabra se propaga con más o menos fortuna entre las demás gentes. Recorriendo los caminos de cualquier país se descubren las huellas de la suerte que han corrido muchas de estas creencias anónimas. Pero el individuo mismo en el acto de su pequeña invención actúa bajo la influencia del medio en que se ha formado su conciencia lingüística. Numerosos testimonios confirman el acierto con que desde hace años se ha venido advirtiendo que sin un cuidadoso examen geográfico se sustraen u ocultan a nuestros ojos muchos de los factores que intervienen en los problemas que la lingüística trata de explicar.

La mayor parte de las enseñanzas conocidas sobre esta materia se refieren a lenguas y dialectos formados en fechas remotas y desarrollados durante largos siglos de historia poco conocida. Falta saber hasta qué punto las lenguas europeas extendidas por el Nuevo Mundo han creado una geografía lingüística americana. Max L. Wagner advirtió cómo los cambios fonéticos y morfológicos experimentados por el español en su expansión por América estuvieron refrenados por influencias uniformadoras, conocidas o inconsistentes en los tiempos del latín vulgar. Una impresión distinta se recibe del examen del vocabulario americano, adaptado o inventado con amplia libertad y bajo innumerables estímulos. Vocablos nuevos, aceptaciones adicionales y modificaciones más o menos importantes de sonidos y palabras se ven repartidos por distintas regiones hispanoamericanas. El presente estudio aspira a participar modestamente en la exploración de este extenso campo de la información relativa a uno de los países más pequeños del hemisferio occidental.

[Frente a la estabilidad tradicional, base de la geografía lingüística, se oponen en los países más extensos y desarrollados de América, las grandes ciudades cosmopolitas, los inmensos espacios despoblados, las continuas corrientes de inmigrantes, los cambios de residencia de masas de habitantes bajo la invitación de nuevas empresas. Con activo y admirable esfuerzo, Hans Kurath y sus colaboradores acaban de publicar el Linguistic Atlas of New England, Providence, RI pero no se han extraído aún las enseñanzas de esta gran obra. Respecto a Hispanoamérica, P. Henríquez Ureña dio un paso esencial al distinguir las cinco amplias zonas en que la lengua se reparte: mexicana, antillana, andina, chilena y platense, así como al señalar las subdivisiones de la primera de estas zonas. La información del citado autor se encuentra resumida en su libro El español en Santo Domingo, Buenos Aires, 1940, págs. 29 y 30. La subdivisión dialectal de Chile fue indicada por Rodolfo Lenz, y la del Perú por Pedro M. Benvenuto Murrieta. Amado Alonso combinó el aspecto filológico y el geográfico en sus Problemas de Dialectología Hispanoamericana, Buenos Aires, 1930. Como primer intento de representación geográfica de una de estas cuestiones merece mención especial el mapa titulado “geografía del voseo”, por E. F. Tiscornia y Henríquez Ureña, incluido en el libro del primero, La lengua de Martín Fierro, Buenos Aires, 1930.]

Rasgos principales de Puerto Rico, que en la lectura de las páginas que siguen convendría tener siempre presentes, son su condición isleña, su reducido territorio, su accidentada topografía, la elevada densidad de su población, su elemento afro-antillano, su antigua y arraigada cultura hispánica y el cambio de situación que hace medio siglo puso al país bajo la dependencia de los Estados Unidos. Basta la enumeración de estas circunstancias para indicar desde el principio la escasa probabilidad de que la imagen de habla de Puerto Rico pueda reducirse a un simple cuadro de líneas sencillas y uniformes.


El aspecto geográfico del lenguaje requería ser examinado sobre las personas de clase más humilde y de una vida más apegada a sus lugares nativos. Se escogieron con este objeto 41 puntos entre los pueblos puertorriqueños, los cuales se aumentaron con dos puntos más de la vecina islita de Vieques. En cada lugar, aparte de las notas recogidas de la comunicación ordinaria, fueron examinadas una o dos personas mediante un cuestionario de 445 preguntas relativas a fenómenos de pronunciación, morfología, sintaxis y vocabulario.

 

[Se repiten aún de vez en cuando los argumentos que A. Thomas señaló contra ese uso del cuestionario con motivo del Atlas linguistique de la France, (A. Thomas, Nouveaux essais de philologie française, Paris, 1904), pero no se ha demostrado que se pueda hacer el Atlas del lenguaje de un país de ningún modo más perfecto. Aparte de esto no se puede negar que los efectos del cuestionario sobre la persona examinada son la mayoría de los casos modificaciones de la palabra tan legítimas como los que se producen en cualquier otra ocasión. Todo consiste en que el investigador sepa considerar la influencia de tales reacciones, no siempre iguales en todos los sujetos y lugares.]

 

Las personas estudiadas fueron con pocas excepciones labriegos de 40 a 60 años que apenas habían salido de sus barrios respectivos. Con esto queda declaradas las limitaciones de materia y método a que la investigación tuvo que someterse. El plazo de mi permanencia en Puerto Rico no me permitió desarrollar un plan más extenso. Quedó mucho por hacer para los que sientan inclinados a continuar este estudio.

El Dr. Thomas E. Benner, norteamericano de abierto espíritu que presidía la Universidad, facilitó con vivo interés la ejecución de este proyecto. Don Rafael Fabián, español de generoso corazón, tan adicto a su país como a la isla en la que pasó la mayor parte de su vida, cooperó a la subvención del trabajo. El Dr. J. J. Osuna, director de la Escuela Normal, movió en mi favor la extensa red de sus relaciones entre los maestros puertorriqueños. Don Rafael Ramírez, gran conocedor de la historia y folklore de Puerto Rico, me prestó valiosa ayuda en la impresión del cuestionario y preparación de las excursiones.

[Hago presente mi reconocimiento a la Editorial de la Universidad de Puerto Rico por haber tomado a su cargo la publicación de este libro y al American Council of Learned Societies por su ayuda para la confección de los mapas. Para la confección de los cuadernos de notas y del álbum usado en el interrogatorio, proporcionó don Valeriano Cantero los materiales más escogidos y el trabajo de la encuadernación. Los Sres. Mario Brau y Bagué me facilitaron varias de las láminas y dibujos del referido álbum.]